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El tiempo tonto

Ese día que lo vi me confesó una debilidad de su parte, algo que en otro tiempo le afectó su ánimo, su vida, su percepción de la vida.

--Sucede que en otro tiempo --dijo--, yo mantenía relación con un escritor bastante talentoso, con el cual, de forma inevitable, había caído en una forma de competencia u rivalidad. Cualquier cosa que él escribía, la sentía como si fuera un dardo sutil, subliminal, que me enviaba en mi dirección para que yo lo leyera y me fuera con ese significado, con ese veneno. Sentía que todo lo que escribía, tenía que ver conmigo. Todo. Que todo estaba entrelíneas. Así tenía mi seguridad, mi amor propio. Digamos que era vulnerable y tonto. Tonto, porque después me enteraba que nada de lo que él escribía, tenía que ver conmigo, ni siquiera remotamente con mi círculo de amistades. O sea, nada. Nada. Eso me hacía sentir más tonto, más vil. Todo ese tiempo que le dedicaba a sacarle significado a sus acciones y palabras, habían sido en balde. Me sentí tonto por mí, porque pude haber aprovechado mejor ese tiempo.

--Pero uno aprende de sus errores.

--Así es. Ahora no gasto tiempo en cosas que no me benefician. ¿En qué podría beneficiarme algo que una persona escribe a modo de ficción? De ninguna forma. Más bien me fijo en mi vida, y en las cosas buenas que quiero lograr. Todo está en pensar bien, en dirigir la atención hacia cosas productivas.

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