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Showing posts from September, 2008
Sus ojos
Repican de temor
Pero es un temor que se oculta
Y no se puede ver a menudo
Dónde quedó el sentido del humor
El sentido de las cosas
En la pared
Con vista al mar
Una indigente muy maltratada
Con los pantalones a los tobillos
En cuclillas
Hace sus necesidades

Enterrado

La expresión de desprecio en el rostro
Una mirada tersa que te recorre de arriba abajo
Pero tú no has hecho nada
O por lo menos no sabes qué
Eres ligeramente inocente
Es solo el misterio en su corazón
El ánimo reprimido
Una forma de ser hacia el hombre
A la mujer le tiene miedo

Saber del clima

Le preocupa saber si llueve
-dime si llueve-
O si hace calor
-dime si hace calor-
En tu Ciudad/
Es la resolución
El veredicto que valida su esencia
Su hogar
Su vida
Sentimientos
Silencio
Sí: hizo la decisión correcta
Si: es mejor aquí que allá
Estoy bien
Todo va bien
Aquí no hace calor
Acá se vive bien
Allá hace calor
Hay sequía
Acá llueve
Aquí puedo vivir bien
Salir al aire fresco y entender las cosas

Carcajadas en la obscuridad

Demasiado ímpetu
Énfasis corporal
El hombre brinca del asiento:
Ha brillado la pantalla de su móvil
Sale aireado
Pecho de fuera
Como le enseñaron en la escuela
O en la vida
-Que es lo mismo-
Se oculta en el pasillo
Ve la película desde ahí
Luego regresa
La faena se repite

La Cita

La joven pareja
-Recuerdo los días-
La joven pareja
La sonrisa en los ojos
La timidez
La expectación en el carro prestado
El perfume y el maquillaje
La loción y la esperanza en la cartera
La salida
El date
Todo muy simple

Independencia

En medio de la noche, temprana noche, la brisa del mar entra con vestigio de verano antiguo, implorando que el mago gaste bromas en el escenario. El público, la mayoría niños, entre ellos Dhyana, tiene los ojos muy abiertos ante el mago que viste un smokin negro y mueve las manos con articulación. Pero luego el mago empieza a llamar a niños al escenario —con los cuales va preparar un show—, y les dice ven Gordito, ven Chispa, ven Mafalda, y cuando están cerca, suelta un gemido con desviación que levanta las cejas de Vanya. Ooohhh... Es una suerte de detonación que atina en la frontera de lo masculino, pero más en lo femenino con tintes de masculino, y que parece una forma de burla. El mago se burla de sus sujetos, piensa Vanya.

Recesiones

Mientras Vanya mastica el chile relleno en nogada, y observa por la ventana, un pensamiento viene a él: De los jefes que he tenido, este marica es el más tremendo jajaja. Una sonrisa aparece en su rostro y observa por la ventana. La agresividad pasiva estaba por ganar. Sale a caminar bajo el sol de la playa, personas en bicicleta. Le habla a un amigo.

—Yo ya me hubiera salido —dice el amigo—, lo hubiera dejado hablando.

Vanya hace una pausa.

—No estoy de acuerdo con tus tácticas —le dice—. Es poco profesional ser así. En todo caso se lo digo a su cara, le digo sus cosas y que las mastique viendo por la ventana. Pero no puedo. No puedo darme el lujo. El trabajo escasea.

Manos limpias y cabreos

Había una carpa con personas, jóvenes sentados en unas mesas de trabajo. Cuando Vanya pasó a su lado, le dieron una bolsa de plástico y unos guantes de látex.

—Es un proyecto de limpieza —le instruyeron—. Salvemos la playa, tich.

Vanya, siendo un individuo muy consternado y altruista con la sociedad, cuando le conviene, aceptó los instrumentos de trabajo y se dirigió a la playa, con ese ánimo de sábado por la mañana cuando las cosas cobran otro matiz.

Botellas de plástico, periódicos arrugados, vasos de foam, cartones de cerveza, envolturas de fritangas. Vanya se dio a la tarea de alzar y guardar, recoger con un fervor inusitado, sintiendo un amor legítimo por la ecología.

—¿Haciendo limpieza? —un señor pasó a su lado, con un Pitt Bull musculoso que lo jalaba de la correa.

—Allá están dando bolsas —explicó Vanya—, todos podemos ayudar a limpiar el medio ambiente.

—¿Para qué? El fin de semana los turistas ensucian todo.

—Por eso estamos así —explicó Vanya, asumiendo un rol paternalista—, por …

Eso no quiere decir que no podamos tomar un drink

Wanda Lee aparece en la puerta de la oficina y apoya su mano en el marco de madera. Cuerpo inclinado, de soslayo, luego no, luego sí, mirada o expresión de capricho como si encogiera los ojos, como si fuera en contra de su dignidad vociferar ciertas palabras.

—Tú no tomas —dice—, el otro día, cuando fuimos al juego, no tomaste.

—Vamos por un trago —espeta Vanya a modo de reto contra reto, pensando, qué se cree esta, yo también puedo.

Wanda Lee suelta una carcajada nerviosa.

—¿Ahora? Qué te pasa, tengo un mogollón de trabajo. Estoy ocupada.

—Estaba bromeando, no puedo.

Wanda Lee desaparece por el pasillo y vuelve a aparecer, como un fantasma que deambula errante sin ir y venir, columpiándose en el tiempo de una conversación innata.

—¿Porqué no?

—Estoy tomando medicina.

Arte: John Brack

Memorabilia

Tamara Bayard, modelo de Uruguay en huelga, en transito, en... es probable que sienta los nervios de punta cuando le visitan los vecinos, el malhumor latente en ocasiones de sociedad es cuestión de probabilidades y asuntos peculiares de conversación.

—Van a llegar a las seis —le dice a Vanya.

—Ya son las siete —responde Vanya de Bayard, o de Quiroga.

—Ya sé que son las siete, pero les dije a las seis —Tamara Bayard deambula de una puerta a la otra, por la cocina, luego se sienta en la mesa y echa miradas al vacío. Tiene los ojos muy abiertos, una expresión de anzuelo que busca un pez, de tornillo que busca una madera, de delineador que penetra un ojo. Levanta el teléfono y marca unos números. Espera un momento. Cuelga.

—Ya habrán salido de su casa —dice Vanya.

—No contestan —dice Tamara.

Tenía la cabeza redonda

El día que Vanya nació, su madre, que había soportado un transe de parto de doce horas, escuchó la voz y pensó que se trataba de un ángel, pero en realidad se trataba de un sueño.

—Tu hijo —decía la voz—, ¡tu hijo será un atleta de la imaginación!

—¿Imaginación? —decía ella, templada por el letargo, con los ojos quebrados y la baba colgándole de los labios.

—¡Correrá carreras, nunca se cansará!

Cuando la madre intimaba esta vivencia a familiares, les insistía que había visto al ángel, que no era fantasía.

—Lo vi —decía—, lo vi —y hacía un gesto con las manos apuntando con el dedo índice a una parte de la habitación—, tenía la cabeza redonda, así, bien redondita, y me veía.

Acerca de hombres torpes

De las primeras mujeres que cautivaron a Vanya, fue una vecina muy notable. Se trataba de una adolescente alta, esbelta y nalgona. Vanya se ponía nervioso cuando la encontraba en la calle, entonces la opción era espiarla en la noche con unos amigos y binoculares, mientras ella se desvestía detrás de unas cortinas revoloteantes y ventana abierta. Era la única opción. Las mujeres maduran más temprano.

Años después, Vanya va por la calle, con una bolsa de víveres para el desayuno, y se vuelve a encontrar a la vecina. Ella se dirige a su carro, un último modelo que aun brilla con el lujo de agencia. El mismo porte nalgón, piensa Vanya. Hay cosas que nunca cambian, como si el tiempo no pasara.

La vecina se encierra en su carro y cuando Vanya pasa a su lado, mientras ella se acomoda el cinturón de seguridad, cruzan miradas de soslayo. Ella también tiene curiosidad de ver cómo la vida ha manipulado a Vanya. Vanya advierte el rostro de ella. Gestos anticuados y alterados, disgustos y excesos, e…

Alto mantenimiento

—Ay, ni pienses que voy a andar de tienda en tienda.

Es la voz de Tamara Bayard, ex modelo uruguaya con quien Vanya contrajo nupcias años atrás, y con quien deambula los pasillos de un almacén de ropa.

—Sabías que íbamos a caminar —dice Vanya, y la observa caminar.

Tamara apuntala los tacones por el piso, con ese ánimo estudiado de modelo de pasarela, cruzando las piernas, piernas largas y nalgas, nalgas en mini, todo muy estudiado. Él lo sabía, se lo dijeron, se lo dijo un muy buen amigo: Justo como la ves caminar, así, cruzando las piernas, así te va traer.

El término alto mantenimiento brinca por la cabeza de Vanya, y su rostro comienza un leve descenso hacia terrenos de la agresividad pasiva que tanto le demacra el corazón, y que se refleja en su cara como un cincel haciendo una obra maestra de gestos antiguos. Pero Vanya es Vanya, y Vanya recuerda que es Vanya, y puede detener a tiempo la transformación, la tormenta.

Ímpetu de mañana

Wanda Lee teclea con una velocidad, agilidad, impresionante. Vanya escucha el contacto de las uñas dándole a las teclas. Tac tac tac. O, ra-ta-ta-ta. Un contacto feroz y arriesgado (un suave arrullo de manicure) que delata que la mujer no está trabajando, sino redactando emails a sus amigos del Web. La soledad es motor —piensa Vanya, tecleando a su vez con un dedo de cada mano, el índice de la mano izquierda y el medio de la derecha—, impulsa a que hagamos cosas indebidas. Wanda Lee golpea la barra de espacio, la tecla de enter. Cierta animosidad o mal genio. ¿Estará en sus días? Siempre el prejuicio. Vayamos a cosas interesantes.
4
Hay épocas del ánimo que coinciden con las épocas o estaciones del año. Por lo regular las personas estamos con el ajetreo del año, los desánimos y sinsabores, pero se asoma septiembre, y eso trae nuevas cirscuntancias. El verano está por terminar. El verano trae cosas buenas, uno hace actividades al aire libre, pero también trae agobio de varios tipos. El calor del cambio climático, sus extremos. Las personas andan de mal humor. Unos se fueron de vacaciones, otros no. Se siente más fuerte el cansancio laboral del año, acumulado, etc. Pero empieza septiembre y ya se siente octubre, las tardes más frescas y sabemos que en unos meses estará haciendo mas frío, y con eso vienen las fechas de 'celebración y amor'. Entonces se puede sentir ese ánimo distendido en las personas. Es como si de pronto saliera su verdadero ser. Esa generosidad ligera, benevolente. Así como son los viernes.

3
Llevo ya casi ocho meses con una condición en la paleta de la espalda, lado derecho. La molestia s…

Uñas

Bajo la suave llovizna de agosto, en realidad unas pequeñas gotas provenientes de un evento tropical al sur, me aventuré con el podólogo.

—¿Te lo avientos Ronny? —dijo una mujer, entrada en peso y pelo ensortijado que la hacía de recepcionista.

Ronny brincó del asiento como sapo (había estado cuchicheando con unas mujeres que luego entendí eran empleadas), y me condujo por un pasillo húmedo e inesperado. A ambos lados se enumeraban puertas plegadizas. ¡Joder! atisbé, ¡es buen negocio el pie!

—¿Cómo van las cosas doc? —avecinó Ronny, manipulando mis uñas en mal estado.

—Me rompí una corriendo —aventuré—, y la otra es caso antiguo, mejor no le digo. Una doctora y su ayudante me tenían de cliente. Me hicieron visitarlas durante un año.

—No es problema, no es problema. Veamos la condición de las cosas y luego hablemos de casos interesantes, como por ejemplo de qué trata el libro que trae y dónde vive o trabaja...

Su forma de hablar, combinado con su atuendo, unos jeans manchados de grasas antig…

Sumisión

Jaiku es simplemente
lo que está sucediendo en este lugar
en este momento -Basho



Ese domingo Kiana me llevó a la playa. Había un poco de neblina y una brisa que refrescaba mis pelajes. Me aparté de ella, corriendo hacia la orilla, y ella, como siempre, empezó a gritar, ¡Jaiku! ¡Jaiku! ¡Jaiku!

—No te alejes —me dijo, manoseando mi hocico, mi lengua colgando de fuera por el esfuerzo—, hay muchos pit bull y no quiero que te pelees.

Le lambí la mano y permanecí cerca de ella, dando vueltas, brincando, jugando con las algas marinas, conchas, llenando mi nariz de los olores de la playa.

Ella se acomodó la visera, para que le tapara los ojos y empezó a caminar moviendo los brazos bajo su enorme sudadera, sus largas piernas perdiéndose en los pants. Me preocupaba verla tan delgada. Como que la comida no le hace efecto. Puede consumir grandes cantidades de pizza o tostitos y no sube de peso. Son los nervios, dice su hombre, que quiere mandarla al psiquiatra.

Una gaviota me llamó la atención. Corrí t…

La cueva

Le veía por el retrovisor. Pero la obscuridad de la madrugada diseminaba los perfiles de la cara. Solo los labios, grandes, carnosos. Los ojos almendrados, obscuros. El color de la cara, morena como la noche, perdida entre la noche.

—¿Cómo estuvo?

La morena le devolvió la mirada por el retrovisor, riendo un poco.

—Ya sabes. Ni mal, ni bien...

La plática nunca pasaba de ahí. Si tan solo pudiera estar con ella un rato, solos, en algún lugar tranquilo y conveniente, podrían conocerse. Quizá entonces los sentimientos saldrían, y ella le confesaría algo.

—¿Quieres... hacer algo? —dijo él.

—Qué.

—No sé, platicar. Ir a platicar.

—Platicar.

Pensó que había sido mala idea. Ella no estaba acostumbrada a ese tipo de arreglos. Entendió que debía seguir el curso normal de los tratos, para poder estar cerca de ella, como quería, tener un poco de tiempo con ella.

—Te pago —le dijo—, por platicar.

—¿Por platicar? Tú nunca me cobras.

—Es distinto. ¿Cuánto?

—Todas las veces que me has llevado.

—Cuánto, solo quiero..…

La banda elástica

Ida abrió la puerta y entró con timidez. La secretaria, que escribía algo sobre el mostrador, volteó a mirarla, seria.

—Buenas tardes —dijo Ida—, venía, de paso. Me dio curiosidad. Antes venía a este consultorio, cuando era pequeña.

La secretaria, una mujer muy morena, seguramente filipina.

—¿Cuándo? No recuerdo haberla visto, tengo varios años.

—Cuando era pequeña. No ahora.

—¿Y cómo encuentra todo? Antes no sé qué era, pero ahora es terapia física, fisioterapia.

Ida paseó su mirada por la sala de espera y notó unas tablas de surfear en la pared. Un anciano, que esperaba sentado, la vio por un momento.

—Solo quería ver.

—Tenemos una promoción —la secretaria le enseñó un folleto—, es gratis.

—Gratis.

—Es una revisión, no cuesta nada.

Ida se quedó callada, titubeante.

—¿Es masaje?

—Lo que hacemos es un diagnostico, y luego se hacen tratamientos, si es necesario. No cuesta nada. Toma media hora.

Ida consultó su reloj. Jan estaría en la casa, con los niños, pero ella se sentía atraída por la posibilid…

¿Dónde estás?

Gueny, dónde está-ááás… El suave lamento, el lamento herido llenaba la noche de verano con toda la astucia de una tristeza incomprendida. Gueneviere… Yo había salido a fumar un cigarrillo y admiraba las estrellas de verano. Gueny… Lo decía con una pesadumbre que cortaba el alma de quien escuchaba. Una especie de rendición, como si se resignara a la idea de no saber dónde estaba su hijastra, y solo le cantaba a la noche cual lobo herido.

Yo sí sabía dónde estaba. Estaba en el carro con uno de sus amigos. Lo sabía porque yo había sido uno de ellos, antes de que se corriera la voz de que Gueneviere era muy buena con la boca. Es un prodigio, decían.

Gueny... Sentí lástima por el señor, que como otras noches, se mantenía ocupado construyendo toda clase de artefactos de madera, en el jardín de su casa. Carpintería ocupacional, terapia ocupacional. Me acerqué a él:

—Yo sé dónde.

—Qué.

—Gueneviere.

—¿Gueneviere? —el señor dejó el martillo y me observó. El sudor corría por su frente. A su lado había…

Ya me duermo

—¿Ya me duermo?

No recordaba cuándo se había iniciado en la práctica, pero todo tenía que ver con el sueño, el cual, según sus cálculos, había tenido que ver con la soledad de su cama, silencio en la noche, esas cosas.

—Quiero leer este libro —le dijo, como les decía a las demás, dejándolas a sus expectativas.

Unas señoritas habían oído el rumor de un abuelo que pagaba por compañía. Dinero fácil, decían, el viejito ya no tiene interés, además es muy decente, muy respetuoso, como las personas de antes. Pero luego otras nativas caían en mortificaciones. No querían ser testigos de una fatalidad. ¿Y si cuando despierto está muerto?, y mejor se retractaban.

—¿Cómo se llama? —la mujer removió sus piernas entre las sabanas.

—Diálogos.

—Apaga la luz.

—Si quieres duérmete, quiero leer este libro.

Después, como acostumbraba, seguía leyendo y dejaba que la mujer se quedara dormida a sus propios ritmos o capacidades de sueño. Le iba arrullando el suave acto de su presencia, su calidez. La respiración se …