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Dao-Fo

Después de años de insatisfacción, volvía a la oficina de Dao-Fo para ver de un trabajo, see about a job. En esos tiempos de crisis, mi antiguo jefe se había renovado ante las cirscuntancias que a muchos habían aquejado en La City del Norte, donde las posesiones materiales estaban en default, y el espíritu abatía, duro, jobless.

Ahora se le veía reposado, gentleman, Dao-Fo, con ese refinamiento barroco tan preferido de él (siempre había tenido una inclinación por los jet-set), y ese mismo matiz había insertado en los espacios de su oficina, la misma de antes, donde trabajaba y escribía algún texto, o cuento, en el cajón.

Divanes selectos, para acoger a clientes cansados de jaleos. Piezas arqueológicas, extraídas de aventuras por tierras lejanas, para distraer la pupila de cualquier pensador avanzado. Luces indirectas para iluminar animales disecados. Porcelanas, colores, piel; madera, para reflexionar.

Después de ponernos al corriente en cuanto actividades, Dao-Fo me ofrecía trabajo, y yo, con mi habitual benevolencia, invitaba a Drhiana -una compañera escritora que también se encontraba en default- a que participara de esta oportunidad de volver a la carga.

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El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

Fin del drama