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Libertad del ojo

La vanidad, el ensimismamiento, la gordita de vestido zebra movía el cuerpo y bailaba con sabor y meneo, brazos y pecho al frente, al énfasis de la música grupera. No le inquietaba que la vieran, porque en realidad nadie la veía. Pero cuando le presté ojo, sus movimientos se volvieron rígidos. Se detuvo y giró la cabeza. Me volteé. Ella continuó, incluso, ahora aplaudía con energía. Ya era libre. Pero no era libre.

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Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Fin del drama