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Fountainhead





Estos días de desempleo, regresó a mí un antiguo trabajo que realicé en el 2007. Unas rampas de acceso. Un trabajo muy pequeño, que regresó porque apenas lo van a construir. Pero como hubo una omisión, tuve que corregir el error, gratis.

Me eché 16 horas de burocracia. Los empleados molestos por los recortes de personal, y con uno se la sacan. Vueltas. Llamadas por teléfono. Cuotas de estacionamiento. Revisión, impresión.

Pero no todo es malo. Cuando las cosas se ponen así, me gusta hacer una retirada. Fui a un parque a comer mi sandwich. Estacioné el auto debajo de unos árboles frondosos y me puse a admirar el paisaje. Árboles antiguos. Cañadas. Veredas de tierra con troncos a los lados. La frescura del viento y hojas que caen.

A unos autos del mío, una morena soplaba el humo de un cigarrillo. Cuando bajé a tirar la basura, me llegó el olor de cannabis. La mujer, detrás de unos lentes obscuros, me vio sonriente. Me ofreció del cigarrillo.

—No fumo —le dije.

—Es lo mejor —dijo con una voz silbante—. Deberías probar.

Asentí, incierto.

—¿Eres ingeniero? Vi tus planos. ¿Leíste Fountainhead, de Ayn Rand?

—Vi la película.

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