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Showing posts from November, 2009

No los despiertes

Lo sentía a su lado, no dormido, moviéndose toda la noche, un hombre largo. De soltera esas condiciones no existían, pero ahora, un mal necesario. Los frutos del deleite, le decían. Cuando te casas y duermes con un hombre, eso quiere decir oírlo roncar, y en algunos casos, se mueven mucho. No los despiertes. Se molestan si los despiertas.

Noticias al margen del blog

Y ahora más cambios. Esto del blog literario/zen, está por pasar otra (una de tantas) transformación. Menos contenidos de cuentos. Esos (la mayoría) los haré de ahora en adelante en formato para publicar en otra parte. Un formato más serio y perdurable. Lo de aquí será menos formal. Una nota aquí, allá. Una cita. Un comentario. Mis energías creativas cambian ligeramente de lugar. Quizá haya sido la influencia de estar asistiendo a eventos literarios. Lo de aquí pues, impermanencia.

Juicios de personas buenas y morales

No confiaba en su juicio. Entonces le preguntaba a otros, a un conocido. Qué opinas de él o de ella. Qué opinas de mi amigo o empleado. Qué opinas de mi roomate o sirvienta. Qué opinas de ellos ¿Son buenos, quieren perjudicarme?

La persona no sabía qué responder. Incluso, uno le dijo, Según las escrituras, no debemos juzgar.

Pero cuando la necesidad era considerable, le preguntaba a un vil extraño de la calle, a un barista, al cartero. El extraño titubeaba, No sabría qué decirle señor, yo acabo de llegar a esta ciudad, y no conozco a nadie, menos a su amigo, pero se ve bien, se ve buena persona.

Atención plena

Cambiar el filtro del auto, limpiar las narices de los niños, ir a reuniones laborales, limpiar la casa, lavar los platos— no crea que estas actividades le están apartando de actividades más ‘importantes’. Dichas actividades no son dificultades que debemos escapar, para poder hacer nuestra 'práctica' (meditación), que nos pondrá en el ‘camino’— son el camino.

—Gary Snyder

Restaurar la serenidad

Tenían al escritor en las cuerdas, como dicen, on the ropes. El escritor que cuando escribía en su página de Internet, se creía un dios, ahora que estaba en persona, presentándose en el Festival de Literatura, se sentía en aprietos. La mirada severa, el tartamudeo, la rigidez, la mano temblorosa. No le gustaba leer en público. Un malestar que tenía desde la secundaria. Una especie de prueba, pensaba. Si no la supero, bajo tres peldaños. Si salgo airoso, subo tres.

El piso de concreto

—No quiero que trabaje en mi proyecto —Klaus quebró el cuerpo con su enfática ondulación de siempre.

Mark le preguntó porqué.

—Porque mide aquí, luego allá, y no me parece sensato que así se hagan las cosas —Klaus le dio un trago enérgico a la cerveza—. Necesito que todas las personas que trabajen en mi remodelación tengan licencia, sean blancos y vivan cerca. Y si tienen una French poodle, mejor.

Se escuchó la puerta de la casa. Klaus volteó espantado, debatiéndose en el aire.

Apareció un hombre moreno.

Con una inyección terminan los dolores

El doctor aún no llegaba y todos esperábamos en la sala de espera. Un espacio reducido donde las escaleras servían de asiento, para los que no conseguían silla. Eran las cuatro de la tarde.

Un papa veía a su hija, que veía a un celular. Me llamo la atención el amor que ejercía, poniendo su cabeza sobre el hombro de ella, como interesado, pero sin hacer nada, permaneciendo al margen.

—¿Porqué visitan al médico? —me preguntó un hombre joven, estirando las piernas en la escalera.

Le expliqué que llevaba a mi hija.

—Le duele la garganta —le dije.

Llegó una mujer con un niño de diez, que al ver la crisis de asientos —yo era de los que estaba recargado contra la pared—, decidió quedarse parada en la escalera, haciendo caras, sin saludar a nadie.

—Ayer vine con este mismo doctor —me dijo el hombre joven—, pero me inyectó su ayudante, una estudiante que hacía pruebas y me pidió perdón cuando se equivocó de nalga.

—¿Porqué no hacen la sala de espera más grande? —dijo la mujer del niño de 10.

Caminar es Zen

Caminar es el Zen
Sentado, también, es el Zen
Si hablo o me callo
Despacio o rápido
Todo, en su verdadera naturaleza
Es quietud

-Shodoka

Crepúsculo

El hombre miraba hacia arriba. Las nubosidades. La neblina.

—Parece una pintura —dijo sonriendo, su mirada en el horizonte, serio, introspectivo, interesante, James.

Su mujer, Vivian, lo acompañaba en el asiento de atrás.

—Le gusta observar —dijo.

—A ver cómo nos va este invierno.

—Veníamos por la carretera, y no se veía nada, todo muy cabreado, muy tupido de neblina.

—Nuestra casa es fría.

—¿Es de material? —pregunté.

Él asintió.

Entré al centro comercial para pagar el recibo de luz. Una fila de gente esperaba turno. Finalmente pasé. La mujer que estaba atrás de mí, una mujer de anatomía baja, en pants, empezó a estornudar muy fuerte.

Su anatomía se sacudía. Todos nos fijábamos en ella, por eso de la influenza. Estornudaba como si no hubiera final.

—Ahora si me agarró —soltó—. Ahora sí me agarró.

Las personas se quitaban. Yo le echaba una mirada desde la caja. Ella me sostenía la mirada.

Prescindir de la sombra

Cuántas veces no me encuentro a una amistad de antaño, con la cual ya no se tiene una química, y todo lo que queda es una sombra de lo que algún día fue.

Esa sombra es incomoda —por ambos lados—, es algo que compromete a ser civil y saludar. Saludar por cortesía, por respeto a lo que algún día fue. Pero debe haber algún método, para que no afecten estos encuentros. Algo que funcione como defensa, que nos proteja del desatine, de la incertidumbre del qué dirán, del qué pensarán.


La falsa sonrisa
La mirada de lástima
La mueca de sorpresa