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Con una inyección terminan los dolores



El doctor aún no llegaba y todos esperábamos en la sala de espera. Un espacio reducido donde las escaleras servían de asiento, para los que no conseguían silla. Eran las cuatro de la tarde.

Un papa veía a su hija, que veía a un celular. Me llamo la atención el amor que ejercía, poniendo su cabeza sobre el hombro de ella, como interesado, pero sin hacer nada, permaneciendo al margen.

—¿Porqué visitan al médico? —me preguntó un hombre joven, estirando las piernas en la escalera.

Le expliqué que llevaba a mi hija.

—Le duele la garganta —le dije.

Llegó una mujer con un niño de diez, que al ver la crisis de asientos —yo era de los que estaba recargado contra la pared—, decidió quedarse parada en la escalera, haciendo caras, sin saludar a nadie.

—Ayer vine con este mismo doctor —me dijo el hombre joven—, pero me inyectó su ayudante, una estudiante que hacía pruebas y me pidió perdón cuando se equivocó de nalga.

—¿Porqué no hacen la sala de espera más grande? —dijo la mujer del niño de 10.

—Estos días las salas están llenas —dije.

—O que coloquen más asientos —dijo—. Me tocó llevar a mi hijo en la madrugada a la clínica. No he dormido nada.

El doctor por fin llegó. Un hombre calvo, subido de peso, jovial y ameno, que traía una torta en la chamarra. Hizo un conteo de las personas, e hizo pasar al hombre joven.

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Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Fin del drama