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Las buenas conciencias y apariencias

Nadie hablaba con ella. Era la oveja negra de la cuadra. Un día la abordé, y le expliqué alguna de las razones de porqué la veían mal. Cómo que huele mal, espetó, en su acento de francesa, si todos los días limpio. Sí, le dije, pero el olor está impregnado. Probablemente utilizar un químico sea buena idea.

A partir de ese famoso día, y conversación valiente, el atreverme a acercarme y decirle, caí de su gracia, dejó de hablarme. Supuestamente valoraba ese tipo de comunicaciones, la valentía y honestidad, el decir las cosas como son y no andar a espaldas de la gente, como esta sociedad de las buenas conciencias y apariencias. Pero cuando se lo dije, me dejó de hablar.

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Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Fin del drama