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La base de las historias


El cuento empezó con una idea, luego fue evolucionando a algo más elaborado donde yo debía ir improvisando lo que mis hijos escuchaban desde su cama, a punto de dormir, entre las sombras de la noche.

Cuando eran más pequeños, les leía directamente de un libro, pero encontré que los cuentos que más les sorprendían, eran aquellos donde yo improvisaba, sin la ayuda de un libro. Casi como un comediante de ‘stand-up’ que sube al escenario y debe entretener al público, sin otro recurso más que su imaginación.

Estos días he estado improvisando de nuevo. Me había tomado unos meses de mi cargo de Cuentacuentos. Es cansado ser Cuentacuentos. Es una profesión que los niños estiman más que los chocolates.

El primer cuento que redacté bajo este sistema fue uno donde introduje elementos de mi infancia. El cuento actual ha sido una versión infantil de Frankenstein. Vamos en la parte cuatro. Claro, ellos encantados con el doctor Frankenstein y su castillo de piedra, en lo alto de la montaña. Desde que llegan y me ven, quieren saber qué va pasar.

A los niños les encantan las historias, y los personajes.

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Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Fin del drama