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Día de campo

El hombre llevaba un equipamiento idóneo para un self service de biblioteca. Sentado en la mesa de trabajo, escaneaba libros en un escáner portátil que llevaba en su mochila, donde también llevaba un ordenador portátil, entre otras cosas.

Escaneaba su mano, entre pausas de páginas, entre otras cosas. Pensé que era una forma de darle énfasis a capítulos del libro, escanear la mano para separar los contenidos. Qué eficiente.

Una mujer de piel quemada, una oriental de cabello a los hombros, blusa de tirantes y shorts cortos en las piernas cafés, se paraba de puntillas al lado del anaquel de libros.

Su figura contoneante ante las miradas del anciano del escáner, un japonés de la industria del IT, y yo, un escribiente lejano. Veíamos pues, el panorama que esta tailandesa, vietnamita, filipina, destacaba a los espectadores, cuando se paraba de puntillas.

Una mujer negra, la guardia de seguridad, pasó por nuestra área de trabajo, a final de cuentas, y todo volvió a la normalidad. Cada quien regresó a su actividad.

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El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

Fin del drama