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Una presentación

Presentaba mi libro ante un pequeño grupo de gente. Entre ellos familiares, y uno que otro conocido. El escenario: el patio de un centro cultural ubicado a orillas del mar. Había copas y manteles blancos. Una larga mesa.

La presentadora era una mujer morena, semi atractiva, de corte académico-intelectual que laboraba en un centro de investigación, o algo por el estilo.

La táctica de ella, desde el inicio, y ya después durante la sesión de preguntas y respuestas, fue cuestionar mi libro en todas sus facetas. Desde la sencillez de mi estilo, hasta los títulos de unos cuentos que le parecían superficiales.

—Yo pensaría que un título debiera ser la carta de presentación de un texto —dijo desde el podium, mientras yo la veía sentado en la mesa—. Pero los títulos de tus cuentos, no sé, ¡me parecen triviales!

Haciendo uso de valentía y templanza, tomé el micrófono, que me pasó a la mesa y de ahí le respondí, nervioso.

—Un título no debe ser explicativo —le dije, tratando de lograr un reposo—. Si así lo fuera, no le quedaría ganas al lector de leer lo demás.

Unas personas sonrieron, asintiendo, entreviendo que esta mujer buscaba formas de degradar mi quehacer.

—De hecho —continué—, entre más abstracto, mejor. Un título abstracto evoca misterio e interés. Incluso, encuentro que los títulos que aparentemente nada tienen que ver, son los mejores.

El público sonrió satisfecho y pronto la charla terminó. Me fui quedando solo en la puerta del centro cultural, donde tuve ocasión de profundizar más ideas con la presentadora de cabello negro, que ahora parecía más interesada en mi persona. Me invitó a la playa.

Yo sabía lo que eso implicaba, y aun así la acompañé.

Tirados en la arena, me mostró un libro que llevaba en su morral de hippie. Era un ejemplar de Heriberto Yépez, donde subrayaba unos poemas en prosa de carácter experimental, donde el autor utilizaba un lenguaje y vocabulario extraño, rebuscado, experimental.

No me sorprendía esto. Yo sabía de los estilos de Yépez, que siempre estaba buscando formas originales de escribir. Y podía sentir que esta mujer, su temperamento, era encontrar fallas o errores en los textos de otros. La característica habitual de una persona amargada o resentida.

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