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Lágrimas

Por MANUEL VICENT

En medio de la selva de Camboya, bajo un impenetrable trenzado de raíces y lianas, no hace muchos años aparecieron las ruinas de los templos milenarios de Angkor. Una vegetación salvaje se había tragado a los dioses y toda la sabiduría que allí impartieron los monjes budistas estuvo ahogada durante siglos por el griterío de los monos, que iban saltando de rama en rama a platicar en las salas del monasterio. Esa es la primera enseñanza que recibí en este viaje al Lejano Oriente. Puede que todos llevemos dentro un mono parlanchín que debe elegir entre dios y la naturaleza, el dilema inexorable. Después en Nepal, a los pies del Himalaya, se extendía la miseria humana de Katmandú y sobre ella se vislumbraban con toda su pureza el Everest y el Annapurna, aquel más alto, este más cruel, los dos puestos allí delante como un desafío ascético de la mente. El principal comercio de Katmandú consiste en ropa de abrigo, en instrumentos y equipos para escalar esas cimas cuya última arista está poblada de alpinistas muertos, congelados, con una sonrisa azul. En una colina de Katmandú se levanta el monasterio de Kopan y allí una mañana el monje budista tibetano, el Venerable Namgyel, impartió una lección magnífica, que era otra forma de alpinismo, esta vez hacia las alturas del espíritu. Unos tratan de ascender al Annapurna, otros intentan escalarse a sí mismos, dos cumbres igual de peligrosas. Después de la plática, en el restaurante Baithak, instalado en el antiguo palacio de un sátrapa, compartí unos alimentos con este sabio budista. Le hice algunas preguntas. Le dije: se puede demostrar por las leyes físicas que el sol sale todos los días, pero metafísicamente no se puede demostrar. El sol saldrá mañana solo si uno quiere. ¿Es eso cierto? El Venerable contestó: en efecto, el sol saldrá para ti si realmente lo necesitas. Seguí departiendo con él durante la comida asuntos del espíritu y hubo un momento en que se me saltaron las lágrimas. Esta convulsión no era debida a alguna profunda reflexión sobre mi karma que hubiera expresado el sabio budista. Sucedió que había mojado una nuez exótica en una salsa rabiosa y en medio de tanta espiritualidad se me fundió el cerebro y comencé a llorar. En Oriente basta con una nuez para llegar a las lágrimas.

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Tai

Hablaban en el restaurante. La mujer rubia, joven, y el hombre veterano, de pelo gris. Una mesa de mantel blanco entre los dos. Una conversación cifrada.

La mujer hacía preguntas, ¿Dormiste bien? El hombre, con gesto de agobio, apocamiento, una cicatriz en la frente. Dormí bien, dice, sólo unas horas. Bajé y te vi con los ojos abiertos, dice ella, no sabía si dormías. Pasaste unos días en el hospital. Dejé comida en el refrigerador. Cuántos sobrinos tienes.

La comida Tai, pausa esta conversación. Ella comenta acerca de su esposo, algo que no se entiende, que su esposo algo. El hombre, sonrojado, se levanta al baño.

Le picó la comida, dice mi amigo.

El enemigo

El enemigo es la falta de conciencia, falta de presencia.

~Traleg Rinpoche

Fin del drama