12/30/25

Ninguno hay bueno

¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios.

~Marcos 10:18

12/28/25

El tiempo es un ácido imposible.
Disminuye las posibilidades de ser leído.

El don de ir y venir

    La vida de un bohemio: llegar a una fiesta emblemática, donde el disfraz es ir de vaquero. Allí saludo a viejas amistades, y me siento el rey de la fiesta. Voy de habitación en habitación, y todos me quieren saludar. Bueno, no todos, pero puedo escapar.
    —Puedes tomar otro cuerpo.
    Desaparezco y me vuelvo a materializar, a modo de prueba. Y sí, me doy cuenta que tengo ese don de ir y venir entre vidas o dimensiones, como le quieran llamar, y para terminar la bohemia, termino en un sofá, donde se me repega otra que tiene esa habilidad de ir y venir.
    Ella también quiere dominar el largo sueño llamado vida, o como le quieran llamar, o sea que también quiere aconsejar a las hormonas. Esa posibilidad de tener un cuerpo y sentir. Sentir la altibaja de la energía que soy, eres, que nunca cambia, va o viene. Simplemente es.

12/23/25

Diner

    Lo más cabreado que hay en esta realidad escurridiza —que todos llaman mundo, vida, existencia—, es que todo es incognoscible. El vecino que come a tu lado, incognoscible. Su jaina, incognoscible. La mesera, incognoscible. La noche, incognoscible.
    El vecino que come a tu lado te ve llegar con todas las de la ley, abrigado como viajero del Tíbet, con el abrigo color mostaza, y unas cuentas budistas en la mano.
    —¿Cómo está la nieve? —pregunta el bajista de los Chili Peppers.

    Se quiere hacer el listo burlándose de mí, porque él va en shorts, aún y cuando hace frío. Es un héroe de la guerra fría, un macho cabrío y sus brazos tatuados son los trofeos de su recorrido por la dura vida. A su lado, una mina seria y pasada, por no decir cruda, que desayuna ignorándolo.

    Me río, sonrío, porque no soy un bravucón, ni reacio. Me la llevo tranquilo, y luego saco el veneno escribiendo conjeturas incognoscibles. Dulce venganza de un mundo incognoscible.
    —Tengo un resfriado —digo justificándome, ya que no soporto la incertidumbre.
    Él gasta una broma empática —que él también debería cuidarse—, pero sospecho que por dentro se burla.

12/18/25

Dinky Pu y los androides

    Me lo encuentro en el andador y desde lejos puedo diagnosticar que su rostro refleja el magnetismo de un monsieur entrenado en los circos de Asia, por no decir experimento en transición de sabotaje a la virtud trabajadora.
    Luego el clásico intercambio educado.
    —¿Cóme estáis, Jon?
    —Estoy montándome una buena.
    Y él viéndome con sus pequeños ojos como si me viera un androide inseguro de su programación.


    Dónde está el ingeniero de software cuando uno lo necesita, para ayudar a un androide exiliado como yo, abandonado en tierra de nadie a sobrellevar un momento humano.
    Quizá soy exagerado al narrar este micro momento. Quizá soy cruel como una cuca. Quizá estoy amargado y soy un androide incapaz de socializar con otro androide, cuando la regla general es ser un androide y fingir. Fingir como Dinky Pu, fingir que todo está bien.

12/17/25

No dos

    La verdad no viene de afuera, viene de adentro. Lo han dicho y siguen diciendo algunos maestros de la Verdad. Yo camino por Chinatown en busca de un jugo verde. Hay variedad. Hay opciones. Tengo dos billetes y unas monedas, por si no tienen cambio. Me detengo en un establecimiento y digo holis, quiero jugo verde.
    —Hola, quiero jugo verde. No quiero juzgar la verdad. Quiero jugo verde con jengibre. No quiero shot.
    —Jugo verde por su buen servicio —dice el juguero que anda en chinga.



    Otros senséis también piden jugos verdes en Chinatown.
    —Ya vuelvo. 
    Él asiente y me disperso por la acera viendo que el sol irrumpe en la gripe como una infección buena onda. Me sueno la nariz y regreso al establecimiento.
    —Ya está.
    Le doy un billete, no dos. Me guardo las monedas, por si acaso, por si no tienen cambio en el transporte.
    El eterno retorno no es para simpáticos porque de pronto hace calor en el No-dos. La verdad en el No-dos viene de adentro, no de afuera, y las palabras también.


12/16/25

Fermentos

    Voy al restaurante por el pan y me atiende una mujica ya avejentada en sus abriles. Aunque maneja un encanto y le caigo bien. Me conoce desde hace tiempo. Sabe mis historias.
    —Qué le voy a ofrecer al caballero.
    —Dame un pan, el que quieras mademoiselle.
    Ella mueve su cuerpo magnum detrás del estante y apenas se le puede ver. Múltiples objetos ocultan sus masas. Regresa con un ejemplar digno de museo.
    —Está blandito y suavecito como las pompis de un bebé.


    Le pago dos billetes y tres monedas y ella me invita al almacén donde hacen el pan. Allí hay especialistas en fermentación traídos de las montañas de Quebec.
    —Por lo regular nadie viene a la trastienda —dice—, nunca tuve intenciones de ser famosa. Pero usted me cae bien, no sé. Lo veo caminar y me digo, a ese hombre le mostraré el futuro de las cosas.


    Los especialistas en fermentación traídos de las montañas usan trajes especiales y cubrebocas, solo se les ven los ojos. En sus manos llevan estas bolas de gelatina azul, que lanzan a la masa y allí se funden en un instante bien habido.
    —Nadie sabe el secreto —dice—, ahora usted sabe algo que nadie sabe.

12/13/25

Eres especial

     Le colmé la paciencia a otro ruco comerciante.
    —Veo que eres especial —dijo.
    Dijo especial en lugar de neuras.
    Veo que eres neurótico, hubiera sido más acertado.
    La palabra neurótico cubre muchas afecciones hoy en día. Es una palabra antigua.
    Sin embargo, en ese caso, nuestra relación hubiera sido afectada y yo le hubiera soltado algún alegato barato.

    Entonces me mordí la lengua y aguante vara, aún y cuando su informe no era del todo correcto. No es que sea especial, soy diligente. Me encargo de las cosas. Y hay comerciantes que son mañosos alcahuetes y yo no me dejo. Y no les gusta. Porque saben que conmigo no van a poder.

    En el tiempo han habido varios alcahuetes que han detectado mi forma neuras de ser diligente y cuidadoso. Y no les gusta, porque no les da chance de joderte con un trabajo chapucero. Prefieren perder el cliente y continuar con los que sí pueden joder.  

12/11/25

La pipa de la vejez

     —La vejez es cara como una chimoltrufia en agosto —dice, ondulando su boca bajo el maquillaje de setenta y que hubole.
    Luego procede a inclinarse en su asiento hacia mí, como si buscara una réplica con suficiente poder para romper el encanto del miedo.
    —A esta disyuntiva no tengo una respuesta —le digo—, lo siento Monahan.
    Luego viene el silencio que derrumba a los perplejos cautivos que nos observan desde el balcón.
    Es un silencio lleno de incertidumbre papayux, porque la vejez está en el futuro, y no se puede saber. Unknowning, dicen.
    —Supongo que nadie tiene la respuesta a la vejez o su impacto en la economía —y tomo un sorbo de agua, y me seco los labios, y la veo, y así las cosas.
    Ella me ve, asiente, hace un gesto, abre su cajón del escritorio, saca una pipa dorada, una pipa grande, como flauta de abolengo, y la enciende sin ánimo de lucro. 


    Tose unas veces y sus ojos se inyectan de un veneno simple.
    —Ya te puedes ir Johnny Come Lately —dice en su acento alemán haciendo un ademán de despedida—. No tenemos nada más de qué hablar. El tópico de hoy quedó patrocinado por la paranoia del silencio.
    Me aventuro a la calle, como un gilipollas absuelto, y siento su mirada en mi espalda, mientras ella fuma su pipa dorada en la ventana.

12/10/25

Kei pi bi es

    —Kei-pi-bi-es —repitió con su voz de jeringa de monja enclaustrada—. Kei-pi-bi-es —atornilló mi cerebro—. Kei-pi-bi-es, es una estación federal. Kei-pi-bi-es, no sé si la conoces.
    Todo ese tiempo guardé silencio parsimonioso en respeto a los derechos de los maltratados por el audio eterno de los tercos, no turcos.