Con el tiempo no había mejorado. Emitía la voz en un aliento feroz moviendo el cuerpo y la cabeza, azotando el puño contra la mesa para enfatizar un punto.
—¡Jauan! Te digo que el mundo se va acabar. Está muy jodido todo, y lo que viene, uhhh…
Dejó allí el punto suspendido en el aire y se limitó a mover la cabeza, haciendo un puchero con la boca, generando un caos en mí.
La energía se mermó de mi cuerpo. Sentí el teléfono sonar en mi cerebro y no había nadie allí.
—¡Te estás durmiendo Jauan! ¿Qué haces? Deja el teléfono, ¡por favooor!
—Es cierto —dije, con el estómago hecho un nudo—. El mundo se va acabar.
—¿Y ya sabes qué harás? ¿Tienes un plan?
—No tengo plan. ¿Y tú?
Dejó allí el punto suspendido en el aire y se limitó a mover la cabeza, haciendo un puchero con la boca, generando un caos en mí.
La energía se mermó de mi cuerpo. Sentí el teléfono sonar en mi cerebro y no había nadie allí.
—¡Te estás durmiendo Jauan! ¿Qué haces? Deja el teléfono, ¡por favooor!
—Es cierto —dije, con el estómago hecho un nudo—. El mundo se va acabar.
—¿Y ya sabes qué harás? ¿Tienes un plan?
—No tengo plan. ¿Y tú?
—Estoy igual que tú.
Nos vimos las caras en su aposento secreto en el sótano de una casa donde rentaba su espacio, donde unas velas iluminaban.
Nos vimos las caras en su aposento secreto en el sótano de una casa donde rentaba su espacio, donde unas velas iluminaban.
—Son tiempos extraños —dijo.
Allí se oía la música del mundo en perspectiva de derrumbe y sólo quedaba pendiente la huida a un lugar pajero lleno de incertidumbre.
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