10/15/24

Robert Adams



    Recuerdo aquellos días cuando encontraba consuelo leyendo a Robert Adams en una cenaduría. Esos dias eran hermosos, momentos llenos de reflexión personal, de búsqueda, nacidos de una añoranza por dar con la verdad de esta vida. Esa cenaduría ya no existe. Tampoco Robert Adams y sus enseñanzas.

10/14/24

Todos estamos rotos (y no hay nada que podamos hacer al respecto)


Nunca ‪ha pasado nada.

~Papaji


    “We are all broken, and there’s nothing we can do about it,” me dijo Hans, un hombre de casi dos metros de altura, de cabellera grisácea hasta media espalda, un hippie de temperamento hosco.
    Se trataba de un norteamericano que había contraído nupcias con una mexicana, mucho más joven que él. Él andaba en sus sesentas, se puede decir que ya estaba jubilado, y ella rondaba los cuarenta (aún trabajaba). Se llevaban pues, varios años de vida, y en esos años habían producido dos hijos. Ahora él dedicaba sus días a tutorearlos en casa, ya que ellos no asistían a la escuela tradicional. En pocas o muchas palabras, preferían el homeschooling que la escuela tradicional para sus descendientes.
    “I want to show you some stuff I like to collect Sam. Come over here. Just watch your step. I got a lot of stuff.”






    Pasamos a una habitación que había convertido en una suerte de museo de ropa antigua. Había vestimentas del siglo pasado por todas partes. Ropa de los 1920, boinas, pantalones de lana y camisas de algodón, vestidos largos, y sombreros de varios tipos. Unas cortinas gruesas no dejaban entrar mucha luz a la habitación. Había retratos originales del Titanic, con unos autógrafos de los sobrevivientes.




    “Sometimes me and Lupe like to wear these costumes and then we have a drink in the living room, doing characters, playing along. ¿Would you like to play?”
    Como ese día estaba libre de trabajo y tenía tiempo de sobra para socializar con vecinos, accedí a su propuesta. Pronto nos encontramos vestidos como obreros de aquellos tiempos, boinas en la cabeza, camisa, chaleco y saco de lana, colores tierra, incluso me puso una cámara de trípode en mi mano y me dijo que yo sería el fotógrafo para documentar nuestra tertulia.





    Pasamos a la sala y allí degustamos una bebida tonificante que él preparaba, una bebida fermentada sabor a guayaba, también encendimos tabacos y él puso una estación de radio con música de los 1920s.
    “You know all this is a game right?, we are living in a sort of simulation, a false reality. I once had a very astonishing experience Sam, when I was young. I had ayahuasca from this beautiful girlfriend in Colombia, and then I understood that all this is a simulation, a play.”





    “Like the Matrix,” agregué.
    “Exactly,” dijo, “this is all setup for us. It’s like a puzzle that the universe sets up and we play along, believing it’s real. But it’s all numbers and code, everything you see is made of numbers, like math, like the Matrix, yes, you are correct, the Matrix, that's a good definition Sam, the Matrix.”
    Asentí a sus comentarios sabios, entendiendo lo que decía, y extrañándome al mismo tiempo de que un vecino aparentemente ordinario, manejara información de ese tipo. Nunca se sabe en esta vida con quién se va a topar.
    “So yes, we are all playing along,” prosiguió, “believing this is real. But everything is running on autopilot. We’re not doing anything Sam, there is no doer, and we are not our bodies. That's why I like to play characters, just to remember this is all a play.”
    Su mujer apareció por la puerta, Lupe, y nos vio sentados en la sala, jugando a nuestros personajes de obreros. Se acercó a mí y me saludó cortésmente con la mano, luego se retiró a otra parte de la casa.
    “She is a private person,” dijo Hans, y entonces me llegó el olor a marihuana. “She doesn’t interact with people. Very tough childhood, I rescued her, she worked for me for some time, then one thing lead to another, and here we are, in this dream we call life.”

1/30/23

Siempre volver (ese eterno retorno, ese drama necesario)

Después de algún tiempo, heme aquí de nuevo. He estado debatiendo si volver a escribir, o no (y cómo hacerlo, blog, twitter...). Muchas razones para no hacerlo. Toma tiempo, no hay los resultados esperados, entonces llega este sentimiento traicionero de sentir que se está haciendo algo no productivo (algo absurdo, tonto), cuando se pudiera estar generando economía. Es un dilema de años...

Y años...

Entonces, ¿para qué hacerlo? ¿Habra algún propósito?

Es una pregunta a la cual no le encuentro una respuesta satisfactoria (dilema de años), y la cual me lleva a volver a distanciarme de este asunto llamado escribir, y así se repite el ciclo. El ciclo nefasto, pues eventualmente aparecen 'las ganas de escribir', o ¿de crear? (¿crear qué? ¿Y a quién le importa o interesa?) y se vuelve a escribir. Se vuelve porque en el fondo se sabe, se presiente, que escribir es algo que te llena.

10/22/19

El tiempo es una estación

    “Quiero aprender a meditar”, me dijo, mientras conversábamos en la calle, afuera de su residencia, una gran residencia.
    (Yo) me había detenido para saludarlo, luego de terminar mi caminata habitual, una mañana de verano.
    También, lo admito, me había detenido para observar la remodelación de su casa, la que todos los vecinos comentaban. Le estaban agregando un segundo piso a la parte de atrás, dejando solo un patio central como en las haciendas de México.


    “Estoy construyendo un cuarto de meditación”, me dijo, “en la esquina del segundo piso”, y me señaló con su mano la ubicación del cuarto, su esposa se veía a lo lejos dando instrucciones a los albañiles.
    “He escuchado que tú meditas”, me dijo. “Mis hijas han leído tus escritos, dicen que meditas, que eres una especie de monje itinerante. Yo te veo caminar en las mañanas y a veces me digo que has de tener historias interesantes.”
    Le dije que sí. Que tenía algunas historias de lo que me había sucedido en mis exploraciones en el Tibet.
    “Pero no puedo hablar de esto con cualquier persona”, le dije.
    “Entiendo", dijo, asintiendo. Luego: "Quiero aprender a meditar”, y cruzó sus manos esperando mi respuesta.
    “¿Por qué?”, le pregunté.
    “Mira, para serte sincero”, me tomó del brazo y me llevó a una parte oculta, debajo de un árbol. “Desde que se metieron a robar a mi casa, vivo con miedo. No me gusta saber que me robaron mi tranquilidad. Ahora vivo asustado. Cada vez que salgo de mi casa echo una mirada para confirmar si no hay un malandrín atrás de un árbol o dizque paseando un perro en la calle, nunca se sabe. A veces, cuando salimos de la ciudad, le hablo por teléfono a un vecino y le pregunto si todo está bien. Él viene y revisa mi casa, luego me manda un mensaje”
    “Entiendo lo que dices”, le dije, “y sí, la meditación es para conducirnos a lo que es verdad.”
    Él asintió.
    “Eso es lo que quiero. Te veo muy tranquilo, muy relax. Yo quiero eso.”
    “No siempre estoy relax”, le dije, “a veces también hay miedo.”

10/15/19

Stop making sense

    La primera mujer que leyó lo que yo escribía era una universitaria. Me la encontré en una obra de teatro. El teatro estaba lleno, por lo que tuve que aguardar parado en la entrada, pero desde ahí se podía ver lo que ella hacía en el escenario de una manera muy convincente. En plena actuación, no se daba cuenta (o era muy desinhibida, o alocada) que su blusa estaba medio desabrochada, y un pecho se le veía.
    Sentí pena por ella, quería advertirle que se tapara... pero terminé conociéndola, y enseñándole unos poemas escritos a máquina. Ella pareció aprobar de mis intentos novatos, y luego pasamos al patio de mi casa.