2/2/26

Modas pasajeras

    Somos críticos de la moda y yo me hice así. Antes compraba mi ropa en segundas y fumaba cigarros y nos entrevistaban acerca de la antimoda. Ahora soy feliz y camino sobre cascarones de huevo y no quiero pisar uno. Ella me exige que me vista presentable —es su palabra. Nada de ropa fachosa o informal. Hay que verse presentable. Nada de cigarros o ropa de segunda. Ya deja la vespa, ya deja el guarumo, ponte a escribir. Vi a Fermín en Walmart.
    Pero luego video a energúmenos en fachas, en hoodies, o mamiladas por el estilo, como si estuvieran en su casa viendo la tele, y no en el teatro videando una presentación de Tchaikovsky.
    —Mira aquellos.
    —Allá ellos, pero solo algunos. La mayoría viene bien vestida.
    Puras mentiras. Sé mirar y contar hasta diez. Y veo a varios fachosos, incluso señores ya entrados en años con sus hoodies de fin de semana.
    Debo admitir que tiene sus ventajas en el idilio linfático verse presentable. Una ñora extraña pero llamativa, valga la redundancia, me ve y lanza su mejor apuesta, pero yo paso de largo, sabiendo que soy de los mejores, y por eso destaco, y por eso me quiso tirar el sablazo.

12/28/25

El tiempo es un ácido imposible.
Disminuye las posibilidades de ser leído.

12/17/25

No dos

    La verdad no viene de afuera, viene de adentro. Lo han dicho y siguen diciendo algunos maestros de la Verdad. Yo camino por Chinatown en busca de un jugo verde. Hay variedad. Hay opciones. Tengo dos billetes y unas monedas, por si no tienen cambio. Me detengo en un establecimiento y digo holis, quiero jugo verde.
    —Hola, quiero jugo verde. No quiero juzgar la verdad. Quiero jugo verde con jengibre. No quiero shot.
    —Jugo verde por su buen servicio —dice el juguero que anda en chinga.



    Otros senséis también piden jugos verdes en Chinatown.
    —Ya vuelvo. 
    Él asiente y me disperso por la acera viendo que el sol irrumpe en la gripe como una infección buena onda. Me sueno la nariz y regreso al establecimiento.
    —Ya está.
    Le doy un billete, no dos. Me guardo las monedas, por si acaso, por si no tienen cambio en el transporte.
    El eterno retorno no es para simpáticos porque de pronto hace calor en el No-dos. La verdad en el No-dos viene de adentro, no de afuera, y las palabras también.


12/16/25

Fermentos

    Voy al restaurante por el pan y me atiende una mujica ya avejentada en sus abriles. Aunque maneja un encanto y le caigo bien. Me conoce desde hace tiempo. Sabe mis historias.
    —Qué le voy a ofrecer al caballero.
    —Dame un pan, el que quieras mademoiselle.
    Ella mueve su cuerpo magnum detrás del estante y apenas se le puede ver. Múltiples objetos ocultan sus masas. Regresa con un ejemplar digno de museo.
    —Está blandito y suavecito como las pompis de un bebé.


    Le pago dos billetes y tres monedas y ella me invita al almacén donde hacen el pan. Allí hay especialistas en fermentación traídos de las montañas de Quebec.
    —Por lo regular nadie viene a la trastienda —dice—, nunca tuve intenciones de ser famosa. Pero usted me cae bien, no sé. Lo veo caminar y me digo, a ese hombre le mostraré el futuro de las cosas.


    Los especialistas en fermentación traídos de las montañas usan trajes especiales y cubrebocas, solo se les ven los ojos. En sus manos llevan estas bolas de gelatina azul, que lanzan a la masa y allí se funden en un instante bien habido.
    —Nadie sabe el secreto —dice—, ahora usted sabe algo que nadie sabe.

12/13/25

Eres especial

     Le colmé la paciencia a otro ruco comerciante.
    —Veo que eres especial —dijo.
    Dijo especial en lugar de neuras.
    Veo que eres neurótico, hubiera sido más acertado.
    La palabra neurótico cubre muchas afecciones hoy en día. Es una palabra antigua.
    Sin embargo, en ese caso, nuestra relación hubiera sido afectada y yo le hubiera soltado algún alegato barato.

    Entonces me mordí la lengua y aguante vara, aún y cuando su informe no era del todo correcto. No es que sea especial, soy diligente. Me encargo de las cosas. Y hay comerciantes que son mañosos alcahuetes y yo no me dejo. Y no les gusta. Porque saben que conmigo no van a poder.

    En el tiempo han habido varios alcahuetes que han detectado mi forma neuras de ser diligente y cuidadoso. Y no les gusta, porque no les da chance de joderte con un trabajo chapucero. Prefieren perder el cliente y continuar con los que sí pueden joder.