2/10/26

La incertidumbre es escribir sabotajes

    Escribir es tan incierto como fecundar un sabotaje en septiembre. Esas palabras las dije en nuestro booth, pero de alguna forma viajaron a los oídos de un hombre sentado en el booth de enfrente.
    —No es cierto —dijo—. Depende del óvulo.
    No se le veía la cara. Daba la espalda, él y su pareja.

    Continué interesado en el yakimeshi. Pues era un buen yakimeshi. Comíamos departiendo sobre la escritura, materia imposible del currículum salado.
    Luego él soltó algo más.
    —Escribe como si ya. Así verás que no.
 
    Seguimos cada quien en el sabotaje del yakimeshi, debatiendo entre silencios y el protagonismo de los pichicatos.
    Un menaje postmoderno como cualquier otro. Y como siempre, un placer compartir con personas esquivas e inciertas.

2/5/26

Agentes del disturbio

    Pensé que tenía las cosas claras, ¿quién las tiene? El que piensa que las tiene, está loco o pertenece a un club de comentaristas en falso. Como la exterminadora de saltimbanquis.
    Asistí a un grupo de doce, a insistencia de un amigo. No era el primer grupo al que asistía.
    Asistí a un grupo por años, luego terminé yendo a terapia para trabajar varios asuntos, entre ellos la relación con el padre. Materia imposible del curriculum salado. En la esquina me encontré a un padrino, pero se hizo cochi: prefirió un taxi.
    Aprovechando el tema, me subí a la tribuna y solté la sopa enfrente de la familia espiritual.
    —Gracias Yordan —dijo el coordinador—, hago mucho puente contigo.
    Luego, como una pieza de jazz adulterada, empezó el calvario. Y es que en los grupos siempre hay seres tumbados del burro, seres que gustan zurrar a otros para sentirse superiores, ya que su programación se siente amenazada por el caos de la Verdad.
    —Ay, ay —dijo una ñora ya viejita, haciendo una voz ronca y pajera, pues se veía que gozaba el protagonismo—. He sufrido mucho. Los demás están mal. Lo que pasa es que soy egocéntrico.
    Su voz siguió pajeándose unas buenas chorradas de academia grupera.
    —Como dijeron ahorita —continuó, subiendo el feeling a un tono pasivo agresivo—, a mí también nunca me felicitaron. Pero como soy neurótica y egocéntrica, me conmisero. Ay, pobre de mí. Ay, soy víctima. Ay, los demás.
    Y cosas por el estilo.
    Cuando la ruquita se bajó del guayabo tribunero, su cara volvió a ser la de una mustia que no hace nada, una abuelita cualquiera que va por el mundo con su derecho a existir y respirar.
    Pero ya me había tronado. Echaba humo por la boca, gracias a la contraterapia, el veneno de los imposibles.
    —Está bien pirata —claudicó mi amigo—, por algo le llaman la exterminadora.
    —...
    —Es una dentista. ¿Has visto cómo sacan las muelas? Ella saca el ego. —Toda una intelectual. Y la voz que hace. Se ve que se divierte.
    —En los grupos siempre hay intelectuales. Cuando la exterminadora se sube a la tribuna, y si hay nuevos, les suelta el tirabuzón. Muchos no regresan. Se van a otros grupos.
    —Quién iba a regresar. Se supone que es un puerto seguro.
    —Pero te sacó la muela. Ahora ya sabes. Dale gracias a la exterminadora.
    —Y yo que pensaba que lo tenía claro.
    —¿Quién lo tiene claro? El que piensa que lo tiene claro está loco, o loca. Esto nunca se acaba.

    (Eso mismo había dicho la terapeuta. Esto nunca se acaba. Lo dijo como si ella misma entendiera que el mundo es un lugar pajero lleno de dramas a sobrellevar.)

2/3/26

El bajón de la Catarsis

    El tiempo es una oruga biónica en definitiva. En el momento que se lee esto ya pasó otro año y se nota en las arrugas. En el momento que se escribe, aún no ha pasado y te encuentras a una persona que no envejece. Pero es como si hubiera pasado desde años atrás cuando estabas en los brazos de un idilio romántico. Una vez que llegan esos tiempos, ya valió madre. El tiempo se desliza sobre una resbaladilla. Dale amor al destiempo.

    Una resbaladilla biónica. Así transcurre la vida, siempre resbalando de bajada al vacío de la incertidumbre, a destiempo, como una infección que no se detiene. No hay antibiótico para el tiempo. Este lleva su lógica separada. Uno va por el lado, tratando de detenerlo, pero nada. Solo hay separación.

    Uno es iluso como comadre llamándole a su mejor amiga para hacer catarsis, pero de nada sirve. No hay antibióticos, no hay nada. Hay separación. No hay pan dulce. Solo una gran resbaladilla, y todo se está deslizando con una violencia inseparable hacia el odio existencial del sinsentido.

    Por eso los poetas de haiku detuvieron el tiempo. A ellos no les pagaron. Ellos decidieron escribir estas palancas donde el sentido no tiene sentido. Es la banalidad de lo cotidiano, el Aquí y Ahora. Una gran paradoja para quien sea capaz de investigar la causa.

2/2/26

Pantalla de cine

    No evidenceo nada de lo que leo, y eso está bien. Esto me permite ingresar un anuncio en las reuniones.
    —Estoy leyendo a Vila-Matas.
    —Yo también —podría decir alguna inquieta personalidad atenta a las artes sentada en una esquina.
    —Y de qué trata —una ñora extraña pero llamativa, valga la redundancia, pregunta desde el otro lado de la sala.
    —Trata acerca de los Mixtecas en tiempo del maíz antes de la conquista.

Modas pasajeras

    Somos críticos de la moda y yo me hice así. Antes compraba mi ropa en segundas y fumaba cigarros y nos entrevistaban acerca de la antimoda. Ahora soy feliz y camino sobre cascarones de huevo y no quiero pisar uno. Ella me exige que me vista presentable —es su palabra. Nada de ropa fachosa o informal. Hay que verse presentable. Nada de cigarros o ropa de segunda. Ya deja la vespa, ya deja el guarumo, ponte a escribir. Vi a Fermín en Walmart.
    Pero luego video a energúmenos en fachas, en hoodies, o mamiladas por el estilo, como si estuvieran en su casa viendo la tele, y no en el teatro videando una presentación de Tchaikovsky.
    —Mira aquellos.
    —Allá ellos, pero solo algunos. La mayoría viene bien vestida.
    Puras mentiras. Sé mirar y contar hasta diez. Y veo a varios fachosos, incluso señores ya entrados en años con sus hoodies de fin de semana.
    Debo admitir que tiene sus ventajas en el idilio linfático verse presentable. Una ñora extraña pero llamativa, valga la redundancia, me ve y lanza su mejor apuesta, pero yo paso de largo, sabiendo que soy de los mejores, y por eso destaco, y por eso me quiso tirar el sablazo.