2/5/26

Agentes del disturbio

    Pensé que tenía las cosas claras, ¿quién las tiene? El que piensa que las tiene, está loco o pertenece a un club de comentaristas en falso. Como la exterminadora de saltimbanquis.
    Asistí a un grupo de doce, a insistencia de un amigo. No era el primer grupo al que asistía.
    Asistí a un grupo por años, luego terminé yendo a terapia para trabajar varios asuntos, entre ellos la relación con el padre. Materia imposible del curriculum salado. En la esquina me encontré a un padrino, pero se hizo cochi: prefirió un taxi.
    Aprovechando el tema, me subí a la tribuna y solté la sopa enfrente de la familia espiritual.
    —Gracias Yordan —dijo el coordinador—, hago mucho puente contigo.
    Luego, como una pieza de jazz adulterada, empezó el calvario. Y es que en los grupos siempre hay seres tumbados del burro, seres que gustan zurrar a otros para sentirse superiores, ya que su programación se siente amenazada por el caos de la Verdad.
    —Ay, ay —dijo una ñora ya viejita, haciendo una voz ronca y pajera, pues se veía que gozaba el protagonismo—. He sufrido mucho. Los demás están mal. Lo que pasa es que soy egocéntrico.
    Su voz siguió pajeándose unas buenas chorradas de academia grupera.
    —Como dijeron ahorita —continuó, subiendo el feeling a un tono pasivo agresivo—, a mí también nunca me felicitaron. Pero como soy neurótica y egocéntrica, me conmisero. Ay, pobre de mí. Ay, soy víctima. Ay, los demás.
    Y cosas por el estilo.
    Cuando la ruquita se bajó del guayabo tribunero, su cara volvió a ser la de una mustia que no hace nada, una abuelita cualquiera que va por el mundo con su derecho a existir y respirar.
    Pero ya me había tronado. Echaba humo por la boca, gracias a la contraterapia, el veneno de los imposibles.
    —Está bien pirata —claudicó mi amigo—, por algo le llaman la exterminadora.
    —...
    —Es una dentista. ¿Has visto cómo sacan las muelas? Ella saca el ego. —Toda una intelectual. Y la voz que hace. Se ve que se divierte.
    —En los grupos siempre hay intelectuales. Cuando la exterminadora se sube a la tribuna, y si hay nuevos, les suelta el tirabuzón. Muchos no regresan. Se van a otros grupos.
    —Quién iba a regresar. Se supone que es un puerto seguro.
    —Pero te sacó la muela. Ahora ya sabes. Dale gracias a la exterminadora.
    —Y yo que pensaba que lo tenía claro.
    —¿Quién lo tiene claro? El que piensa que lo tiene claro está loco, o loca. Esto nunca se acaba.

    (Eso mismo había dicho la terapeuta. Esto nunca se acaba. Lo dijo como si ella misma entendiera que el mundo es un lugar pajero lleno de dramas a sobrellevar.)

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