Llamas a un número de una persona conocida, pero responde una grabación: "Si usted es mayor de 60 años, presione 1". Llamas a otro y lo que oyes es simplemente "hola", seguido de un silencio profundo, como si la grabación estuviera disfrutando de su propio misterio, que te deja diciendo: ¿qué fue eso?
La Vida Dual
Sublimando el Aquí y Ahora
11/8/24
Roaming
11/5/24
Gilgamesh
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Yo Soy Eso |
A veces me he preguntado cómo lo conocí, al desaforado y emancipado personaje de San Tzara. Ya lo había visto caminando, o él me había visto a mí, y cada vez que nos encontrábamos, él apuntalaba su mirada en mí de una forma como no había visto en nadie del Matrix. Pronto me dije que algo no fluía bien con él. Luego, Katya me lo confirmó. "Está medio loco", dijo ella, en una ocasión en que el hombre la perforó con su mirada.
No estaba seguro de quién se trataba, pero me decía que debía conocerme, por la forma en que me miraba. Aunque Katya insistió en que simplemente era un tipo enfermo. Una vez lo vi hablando con un librero de la localidad y sospeché que algo tenía que ver con el ámbito literario.
Por fin, un día se dio el molesto encuentro, donde confirmé mi sospecha. Nos topamos, como en otras ocasiones, durante una caminata, pues al hombre le gustaba caminar.
—Nunca me gustó lo que escribes —me soltó así, sin más, sin saludar.
—Ah, gracias.
—Soy Gilga —dijo—, o Gilgamesh para ti. Para mis amigos soy Gilga, para ti no. No me caes bien. De hecho, me caes bastante mal.
—¿Se puede saber por qué?
—Porque soy promotor cultural, mi buen —dijo, dejándome perplejo mientras su mirada me taladraba, como de costumbre.
Una mirada enferma y detonante, como si fuera la de un ser de otra dimensión. Luego le encontré un parecido con un gurú de la India, Nisargadatta, y se lo dije.
—No me extraña que me digas eso, ya me lo han dicho en el trabajo y en el gimnasio. Mi genética viene de otra dimensión. ¿Sabías que el tiempo no existe? Lo que tú escribías era un bodrio, pero yo tengo lazos con la antigüedad, mi buen, y nunca pensaría en recomendarte. Mi papá me puso Gilga porque era estudioso de las civilizaciones antiguas y me dijo que yo sería un autor de influencia, aunque aún estoy esperando la hora.
—¿Por qué te caigo mal? ¿Qué hice para caerte mal?
—Una vez me heriste mucho, y quise llorar, pero me contuve. Fui fuerte, como el mástil del barco donde trabajaba cuando fui a Alaska a pescar atún, pues en ese tiempo no tenía dinero y estaba batallando en la vida. Hice mucho ejercicio en el barco, los cabrones me veían haciendo lagartijas y decían: "Este mamón se va a convertir en un semidiós", pero no sabían que quería ponerme en forma, bien cuadrado, como los mineros de antes —alzó los puños y se puso en posición de ataque.
—¿Estás bromeando?
—¿Estás bromeando?
—Yo también soy autor, pero de los buenos, de los que escriben para otras dimensiones. ¿Sabías que hay miles de seres en otras dimensiones? En este momento estamos rodeados de ellos, y les interesa ver cómo te voy a putear, pues me lo han dicho en más de una ocasión. Me dicen: "Gilga, si te madreas a un escritor, te damos veinte créditos". Hay muchos escritores en la lista que guardo en la bolsa, y a ellos les gusta estar al tanto de lo que pasa en esta mierda de existencia. Por eso escribo, para tenerlos al tanto. Y hoy voy a escribir para ellos cuando llegue a la casa y prenda la televisión. Antes me serviré una Coca-Cola o veré la televisión.
10/25/24
Nada existe, todo parece existir
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The Shining, de Stanley Kubrick |
Si Katya llega a leer lo que escribo en este blog, gracias a unas recomendaciones que recibí, podría darle un infarto.
—Déjame ver si entiendo. Porque quiero entender. Me estás diciendo, que todo este tiempo que has estado encerrado en tu estudio, ensimismado en tus cosas, en lugar de hacerme caso, ¿has estado escribiendo esto?
Acto seguido, se desvanece y pierde la noción del tiempo. Al volver en sí, ya no recuerda el incidente, que pasaría a ser solo una tarjeta postal (una más) en el archivo del Matrix, y la vida seguiría su curso. Sí, muy interesante.
Nada existe.
Todo parece existir.
~Nisargadatta
Encontré lo que necesitaba
Las cosas siguen siendo lo mismo para muchas personas. Es como si el tiempo no hubiera pasado. Las mismas preferencias e idiosincrasias, las mismas obsesiones y soledades, las mismas dudas y frustraciones. Es como si el tiempo no existiera.
En realidad no existe, eso lo sabemos. El tiempo no existe, es ilusorio.
De forma que uno hace lo que puede, flotando maravillosamente por la balsa que va por el río de esta misteriosa vida.
En realidad no existe, eso lo sabemos. El tiempo no existe, es ilusorio.
De forma que uno hace lo que puede, flotando maravillosamente por la balsa que va por el río de esta misteriosa vida.
10/23/24
Sublimar, eh
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Redirigir las pulsiones inaceptables hacia formas constructivas de expresión |
—Escribir, ok, y no para publicar (aquí está lo importante), sino para sublimar, ¿ajá?. Como los jugadores de fútbol, que necesitan sublimar su agresividad. Ya ves, cuando están en el offseason se vuelven ociosos y se meten en problemas.
—Ah. Sublimar. Ya entendí. Buen ejemplo, nunca lo había visto de esa manera.
—Sublimar energías ancestrales, ¿ajá? Y son varias, eh. ¿Ajá? Y te consumen el alma. Si no las consumes, el abismo te consume, como dijo Nietzsche.
Estuve de acuerdo con su comentario. Sin embargo, me tomó tiempo dar ese paso. ¿Casi un año? Me tomó valentía. Es la verdad. Se necesita valentía para sublimar. No todos los hombres son buenos para sublimar. Se requiere humildad, paciencia, y no sé qué más.
O será el momento del año —eso—, donde uno se siente más expansivo, porque se acercan las fechas de fin de año.
El tiempo dirá, como siempre, como en todo.
10/19/24
Lo invisible
El hombre
que se siente sostenido
por lo Invisible e inefable,
ése está libre de temor.
~Upanishads
que se siente sostenido
por lo Invisible e inefable,
ése está libre de temor.
~Upanishads
10/18/24
Incertidumbre en el Aquí y Ahora
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La conciencia no experimenta las cosas. Experimenta el conocimiento de las cosas. ~Rupert Spira |
En esta existencia relativa, desconocida —pues solo conocemos nuestra percepción relativa de ella—, la moneda de cambio es la Incertidumbre. Así se paga el peaje en el Matrix. Es el lenguaje del algoritmo. Todo es incierto en el Matrix. Cualquier cosa puede pasar —por más bueno que seas—, y no hay forma de saber o confirmar, que no vaya —o vaya— a suceder algo, por más tétrico que sea (¡qué pesimista!).
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la fe que somos |
Lo bueno es que, uno como viajero del tiempo afortunado de haber llegado a esta dimensión — según elegiste en el menú de opciones—, se maneja con su propia moneda: la fe. La fe es lo único que sabemos y de ella dependen nuestras acciones y diario vivir. La fe es nuestra interpretación optimista de las cosas. Tenemos fe de que las cosas vayan a ser de una manera, que nuestro día vaya a salir de una manera. Pero aquí entran las probabilidades. Qué tan probable es que suceda tal o cual incidente. Nunca hay certidumbre al 100%, o garantía de nada. Compraste el boleto de entrada, y no sabes qué es lo que te espera en la siguiente escena del filme. Haber llegado aquí, es aventarse a un precipicio con los ojos cerrados. Nuestra única luz: la fe. Fuera de eso, el momento presente, es lo que es.
10/15/24
Chow Mein, o, De un sueño a otro, presentado por Marlboro Lights, y Huang Po
El hombre bigotudo, mostrando un alto índice de encabronamiento en su rostro mineralizado, se acercó al mostrador del restaurante de comida china, donde estaba la inocente cajera de ojos rasgados.
—Disculpa —vociferó el hombre con los brazos extendidos a los lados como si fuera a pelear—, ¿quién es el dueño? Quiero hablar con el dueño.
La empleada, una oriental con rostro de que no sabía lo que pasaba, pues no dominaba el idioma español, dijo unas palabras a una persona que salió de la cocina inmediatamente.
—¡Está fumando el cocinero! —soltó el hombre bigotudo—, no quiero humo de cigarro en mi comida. Quiero que me regresen mi dinero. Nadie en mi casa fuma, y no quiero que mi comida huela a tabaco.
—¿Cuál humo señol? —dijo el hombre, también oriental, delgado, alto, pelo relamido—, nadie está fumando. Es el vapol de la palilla.
—Voy a llamar a salubridad, ¿ok?, para que les cierren el negocio. Qué tipo de tontería es esta, donde alguien fuma en la cocina. Yo no quiero que mi comida huela a cigarro. Nadie en mi casa fuma. Dame mi dinero.
El oriental intercambió unas palabras con la cajera en su idioma natal, y ella sacó unos billetes de la caja para dárselos al hombre bigotudo, que salió del restaurante exasperado, acompañado de una mujer curvilínea que le fue sacando plática como para calmarle los nervios.
Más tarde, cuando hube terminado mis alimentos chinos, me encontré al oriental en el estacionamiento, sentado en una banca, al lado de una puerta de servicio que conducía a la cocina, el hombre fumaba tranquilamente, pero se le notaba un hastío en el rostro.
—Se enojó el hombre, verdad —le dije, a modo de plática.
—No impolta —dijo él—, no es veldad, es palte de esta histolia que me tocó vivil.
—Curioso que tenga esa perspectiva.
—Todo es palte del sueño.
—Parece que está de moda esa conversación —dije—, porque ahora todos los buscadores espirituales dicen la misma narrativa, que todo es un sueño.
—No soy buscadol espilitual —dijo el oriental y me ofreció un Marlboro Light, los mismos cigarros que yo fumaba, cuando fumaba.
Le dije que no gracias, él siguió fumando.
—Pasas de un sueño a otlo. A final de cuentas no me impolta esta plática que dentro poco selá olvidada —dijo—. Solo vine a hacer mi palte. Yo no existo, usted no existe. Cuando usted se letile, yo selé un lecuerdo pala usted y usted pala mí. ¿Pelo qué es un lecueldo? Un pensamiento. ¿Y qué es un pensamiento? Buena plegunta.
El cocinero chino fumó varias veces, gozando de la sensación humeante que su cigarrillo le proporcionaba.
No me había dado cuenta, pero había otros dos empleados del restaurante chino fumando cerca de nosotros, sentados en el piso, recargados contra la pared. También eran chinos. También fumaban como chimeneas. También gozaban de su existencia.
—¿Dónde aprendió estas ideas? —indagué.
—En los libros de Huang Po. ¿Nunca se ha pleguntado el plopósito de esta vida?
—Todo el tiempo. Es mi tema favorito.
—Por ejemplo, mi situación —y le dio una jalada al cigarrillo que me hizo envidiar su deleite, que me hizo recordar cuando yo fumaba y hacía pausas entre palabras para sentirme lleno de ese sofoque humeante en mis pulmones, el éxtasis misterioso del fumador que lo hace meditar a uno sin darse cuenta—. Soy un cocinelo de comida china, pero soy un migrante, sin papeles. ¿Qué hago en estas tierras feas, lejos de mi país? No sé. Todo sucedió sin que me diela cuenta. Pero no me impolta, es un sueño, un sueño dentlo de otlo sueño. Usted complueba cuando se vaya. Selé un lecueldo pala usted, un ensueño del que no estalá segulo si sucedió. Quizá nunca me vuelva a vel. ¿Hablé existido, mmm? ¿Se halá esa plegunta? ¿Hablá existido ese chino, o selá mi imaginación? ¿En qué puedo confial, qué es leal, lealmente sucedió esa escena en el lestaurante chino, mmm? Usted sacalá una conclusión: no existo.
El cocinero chino se quedó callado. Fumó varias veces, sonriendo.
—En lealidad soy usted —dijo—. Pero como está soñando, no entiende.
—Disculpa —vociferó el hombre con los brazos extendidos a los lados como si fuera a pelear—, ¿quién es el dueño? Quiero hablar con el dueño.
La empleada, una oriental con rostro de que no sabía lo que pasaba, pues no dominaba el idioma español, dijo unas palabras a una persona que salió de la cocina inmediatamente.
—¡Está fumando el cocinero! —soltó el hombre bigotudo—, no quiero humo de cigarro en mi comida. Quiero que me regresen mi dinero. Nadie en mi casa fuma, y no quiero que mi comida huela a tabaco.
—¿Cuál humo señol? —dijo el hombre, también oriental, delgado, alto, pelo relamido—, nadie está fumando. Es el vapol de la palilla.
—Voy a llamar a salubridad, ¿ok?, para que les cierren el negocio. Qué tipo de tontería es esta, donde alguien fuma en la cocina. Yo no quiero que mi comida huela a cigarro. Nadie en mi casa fuma. Dame mi dinero.
El oriental intercambió unas palabras con la cajera en su idioma natal, y ella sacó unos billetes de la caja para dárselos al hombre bigotudo, que salió del restaurante exasperado, acompañado de una mujer curvilínea que le fue sacando plática como para calmarle los nervios.
El éxtasis de fumar
Más tarde, cuando hube terminado mis alimentos chinos, me encontré al oriental en el estacionamiento, sentado en una banca, al lado de una puerta de servicio que conducía a la cocina, el hombre fumaba tranquilamente, pero se le notaba un hastío en el rostro.
—Se enojó el hombre, verdad —le dije, a modo de plática.
—No impolta —dijo él—, no es veldad, es palte de esta histolia que me tocó vivil.
—Curioso que tenga esa perspectiva.
—Todo es palte del sueño.
—Parece que está de moda esa conversación —dije—, porque ahora todos los buscadores espirituales dicen la misma narrativa, que todo es un sueño.
—No soy buscadol espilitual —dijo el oriental y me ofreció un Marlboro Light, los mismos cigarros que yo fumaba, cuando fumaba.
Le dije que no gracias, él siguió fumando.
—Pasas de un sueño a otlo. A final de cuentas no me impolta esta plática que dentro poco selá olvidada —dijo—. Solo vine a hacer mi palte. Yo no existo, usted no existe. Cuando usted se letile, yo selé un lecuerdo pala usted y usted pala mí. ¿Pelo qué es un lecueldo? Un pensamiento. ¿Y qué es un pensamiento? Buena plegunta.
El cocinero chino fumó varias veces, gozando de la sensación humeante que su cigarrillo le proporcionaba.
No me había dado cuenta, pero había otros dos empleados del restaurante chino fumando cerca de nosotros, sentados en el piso, recargados contra la pared. También eran chinos. También fumaban como chimeneas. También gozaban de su existencia.
—¿Dónde aprendió estas ideas? —indagué.
—En los libros de Huang Po. ¿Nunca se ha pleguntado el plopósito de esta vida?
—Todo el tiempo. Es mi tema favorito.
—Por ejemplo, mi situación —y le dio una jalada al cigarrillo que me hizo envidiar su deleite, que me hizo recordar cuando yo fumaba y hacía pausas entre palabras para sentirme lleno de ese sofoque humeante en mis pulmones, el éxtasis misterioso del fumador que lo hace meditar a uno sin darse cuenta—. Soy un cocinelo de comida china, pero soy un migrante, sin papeles. ¿Qué hago en estas tierras feas, lejos de mi país? No sé. Todo sucedió sin que me diela cuenta. Pero no me impolta, es un sueño, un sueño dentlo de otlo sueño. Usted complueba cuando se vaya. Selé un lecueldo pala usted, un ensueño del que no estalá segulo si sucedió. Quizá nunca me vuelva a vel. ¿Hablé existido, mmm? ¿Se halá esa plegunta? ¿Hablá existido ese chino, o selá mi imaginación? ¿En qué puedo confial, qué es leal, lealmente sucedió esa escena en el lestaurante chino, mmm? Usted sacalá una conclusión: no existo.
El cocinero chino se quedó callado. Fumó varias veces, sonriendo.
—En lealidad soy usted —dijo—. Pero como está soñando, no entiende.
Robert Adams
Recuerdo aquellos días cuando encontraba consuelo leyendo a Robert Adams en una cenaduría. Esos dias eran hermosos, momentos llenos de reflexión personal, de búsqueda, nacidos de una añoranza por dar con la verdad de esta vida. Esa cenaduría ya no existe. Tampoco Robert Adams y sus enseñanzas.
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